Laponia en packraft

Mi ajado mapa de Laponia todavía guarda secretos. Lugares que me hacen soñar. Pero no me resulta tan fácil dibujar ni una ruta que me atraiga ni un recorrido que de verdad me ilusione.

Los caminos balizados ya son historia. Lo que quiero es inventar mis propias travesías y buscar la manera mas eficaz de hacerlas; ser original, huir de las carreteras, pueblos, cualquier signo de civilización. Y meter kilómetros.

Cuando iniciamos la ruta el 4 de septiembre el otoño no había empezado de manera oficial pero los signos de su proximidad eran ya bien visibles.

Para este viaje tendría la compañía de mi buen amigo Hilo Moreno, con quien hace al menos un par de años no coincidía. Hilo ha estado viviendo en USA y su aprendizaje allí sobre las técnicas ultralight me ha dado ideas nuevas para mis viajes por Laponia.

Hace unos meses Hilo se compró un Packraft y empezó a hablarme de las maravillas de esa embarcación ultra ligera. No fue difícil dejarme convencer y comprarme uno yo también.

La idea era usar los packrafts en Laponia este otoño. Éste era nuestro punto de partida. Buscar el terreno perfecto era lo difícil porque no se trata de navegar ríos y lagos donde una canoa fuese mejor herramienta sino que debíamos encontrar la ruta ideal, la que justificara plenamente su uso y nos diera las alas para movernos con rapidez por el territorio.

Solo 48 horas antes de que Hilo aterrizara en Laponia, por fin encontré la ruta que podríamos hacer. Navegar el rio Karasjok. Pero no sólo desde su fuente: aprovechando los packrafts, era posible encontrar una ruta lógica desde muchos kilómetros antes que encajara ese puzzle ríos y lagos a través de un remoto, deshabitado y hermoso paisaje al más puro estilo lapón.

El punto de salida era la aldea lapona de Sicajavri 40 kilometros al sur de Kautokeino.

Otoño en Laponia: 3 amigos, 100 bosques, 1000 lagos y 2 Packrafts

Mapa de la expedición.

En Sicajavri unos potros se acercaban a nosotros como perrillos amaestrados y una mujer esquilaba a tijera una oveja. Genuino inicio.

Primero tocaba patear un par de días a través de una tundra desarbolada y salvaje hasta Finlandia, cruzar la valla que hace de frontera y navegar un gran lago llamado Poyrisjarvi. Tán sólo saltando una pequeña valla ya estábamos de nuevo en Noruega, nos adentramos en el Parque nacional Ovre anarjokka y a través de incontables ríos y lagos llegamos hasta el río Karasjok. Montados en él navegaríamos hasta la capital de Laponia noruega. Karasjok. Fin de nuestro viaje.

El río continúa hasta el mar, pero lo hace escoltado por carreteras y esto no nos interesaba a ninguno de los dos. Solo queríamos salir al wilderness y seguir una ruta de la que poseíamos la escasa información de un viaje realizado en canoa el año anterior y la de una página de un magazine noruego de hace un par de años. Ni idea de las condiciones del río, por lo que cascadas, saltos de agua, cañones o dificultades inherentes al recorrido, nos las íbamos encontrando en el camino de sopetón, sin previo aviso. Nos dimos más de un buen susto…

Las cuatro únicas personas que nos encontramos habían sido depositadas allí en helicóptero. Dos estaban cazando alces. Y los otros dos, que eran alemanes, estaban en plena faena tratando de arreglar una canoa que estaba hecha un guiñapo y que tenía todas las papeletas de no seguir navegando mucho más.

Ese breve encuentro con los canoistas nos demostró la hegemonia del Packraft en esa ruta frente a la canoa. O como dijo Hilo “la expedición pesada y tradicional frente al ultralight del Packraft “.

Ahora bien, viajar en un Packraft tiene guasa, te cabe lo justo y además nosotros no llevábamos ni traje estancos ni nada por el estilo y para que la cosa fuera todavía mas surrealista, yo llevaba a Lonchas (54 kilos de malamute). Tambien prescindimos de la tienda y en su lugar llevábamos un tarp de apenas 700 grs. Para una ruta de 150 km sólo disponíamos de 9 dias, más un par de días extras para recuperar mi coche y llevar a Hilo al aeropuerto de Alta.

Once días en total.

Hacia mucho que no corría tanto en un viaje y si alguien se animara a repetirlo le sugeriría no menos de dos semanas y una caña de pescar. Los salmones son tan abundantes que los ves saltar a menudo. Y como decía Hilo, “¡que suerte que aquí no hay osos!” Hilo todavía se acordaba de su último viaje Alasqueño, cuyo paisaje tiene mucho en común.

Otra cosa que no olvidaré nunca de esta ruta fueron todos los días que pasé empapado. Con una bañera descubierta y con Lonchas embarcando y desembarcando con su tupida manta de pelo chorreando agua, estar seco sólo fue una quimera y, por si fuera poco, me fui varias veces al agua.

El único momento seco del día era al atardecer. Una vez llegados al campamento hacíamos un gran fuego y solo entonces nos quitábamos nuestras empapadas ropas y las cambiábamos por secas. Al día siguiente tocaba volver a ponernos todo húmedo y apretar dientes.

A nuestro favor ha jugado la temperatura, días soleados, escasa lluvia y noches en las que no ha llegado a helar.

Los primeros kilómetros de la ruta fueron a pie, tuvimos que cruzar un pequeño lago junto a la aldea de Sicajavri, pero después solo teníamos la tundra desnuda hasta Finlandia. El suelo estaba tan encharcado que en algunos lugares parecía una cama elástica, caminar por ese terreno era agotador.

Cruzar de Noruega a Finlandia sólo fue saltar una valla de alambre y seguir por terreno yermo poblado de abedules enanos.

Otra cosa que no olvidaré nunca de esta ruta fueron todos los días que pasé empapado... El único momento seco del día era al atardecer

En la parte Finlandesa nos esperaba el lago más grande del recorrido, Poyrisjarvi. Aunque había tratado de enseñar a Lonchas a seguirme por la orilla mientras yo navegaba, el resultado fue nefasto, así que no me quedó mas remedio que meterle en el PR y aguantar mi propio miedo mientras cruzábamos amplias zonas del lago. Lo difícil es creer que el PR no se vaya a pinchar y que te encuentres de repente a más de 1 km de la orilla mas próxima con un perro y una mochila sin asidero donde echar mano. Por las dudas le pedí a Hilo que no se alejara mucho, pero era inevitable que cada uno siguiera su ritmo y nos encontráramos a distancias que me parecían insalvables en caso de naufragio.

Ahora sé que es irrompible, pero eso no lo sabía entonces. He necesitado más de 100km de río precipitándome con fuerza contra las rocas viendo como esa pequeña embarcación rebotaba de una a otra como los autos de choque para aprenderlo. De verdad: parece indestructible.

A orillas del Poyrisjarvi encontramos una pequeña aldea sami, pero estaba deshabitada, es una aldea en la que los sami sólo se instalan en verano. Aprovechando que en el lado finlandés había una cabaña fuimos a por ella y allí pasamos noche. De nuevo debíamos cruzar la frontera y regresar a Noruega. Otra valla de alambre y entramos en el Parque Nacional Ovre anarjokka.

A partir de aqui toca navegar y hacerlo con especial atención. No puedo llamar río a lo que “navegábamos” al principio porque más parecía una acequia. Un túnel cerrado de abedules enanos y ramas gruesa amenazaban la integridad del PR y la nuestra, una autentica pesadilla en todos los sentidos .

Pero a medida de que avanzábamos hacia el norte en la ruta los ríos iban más cargados, esta era nuestra ilusión. Ríos diminutos innavegables alternaban con grandísimos lagos donde el viento azotaba de lo lindo, a veces justamente en contra, y avanzar en esas condiciones resultó penoso. Había que ir atento al mapa porque si no girabas en el lugar adecuado te podías encontrar al final de un lago sin salida. Los mapas, y por ende la navegación, corrió a cuenta de Hilo. Llevar a Lonchas conmigo y tratar de ver algo más que su nuca fueron suficiente para mi.

Saltamos de río en lago, de arroyo en río y así hasta que los trazos gruesos del mapa auguraban un desenlace feliz. Lo que no sabíamos es que toda esa agua, esos afluentes y los estrechos cañones que tuvimos que navegar acababan abruptamente en saltos de agua, pequeñas y rugientes cataratas que nos encontrábamos sin previo aviso, con tiempo justo de orillarse y buscar un vadeo por tierra firme, cosa extremadamente sencilla cuando se trata de portear tan sólo un par de kilos del PR.

Recuerdo en especial la penúltima noche cuando llegamos de noche hasta Baeivasgiedde, ese día paleamos 13 horas sin más pausa que unos pocos minutos. Queríamos llegar a Baeivasgiedde porque allí se encuentra una cabaña y sólo deseábamos secar toda nuestra ropa en la chimenea. Recuerdo las dudas sobre si debía sacar la frontal o no para seguir navegando mientras avanzábamos casi a oscuras por zonas de rápidos. Fue una suerte ver la cabaña en la noche. Entrar en ella exhaustos y tiritando de frío para desilusionarnos rápidamente con la pobre estufa que esta poseía fue todo uno. Pero poco importaba. Algo de comida de la cabaña sirvió para cambiar el menú esa noche y aunque la litera y su colchón prometían un sueño profundo, nos costó dormir por el calor y quizás por las comodidades que ya casi habíamos olvidado.

Desde allí hay 60 km hasta Karasjok. Amaneció un día soleado que hizo menos traumático volver a ponerse las ropas empapadas y salir de nuevo. Pero el esfuerzo del día anterior pasó factura y no teníamos muchas ganas de apretar los remos; fue un día hermoso. Pasamos por una zona de rápidos, impresionantes unos e insalvables otros, así que los vadeamos por las orillas. Seguimos navegando hasta las 19:00 como era norma y junto al bosque encendimos un buen fuego, colocamos el tarp y dormimos la última noche mientras unas tímidas auroras iluminaban el cielo estrellado.

Karasjok quedaba a 29 km. El río fue verdaderamente navegable con pocos atasques y a medida que avanzábamos norte vimos algunas cabañas desperdigadas, luego las primeras granjas, una pequeña carretera y al final recorrimos los últimos kilómetros de meandros rumbo a Karasjok escoltado por carreteras que a veces se hacían bien visibles desde nuestras embarcaciones.

Sobre las 19:00 enfilamos el último meandro y con él la vista a la izquierda del Parlamento Sami. Finalmente, el puente de Kasrajok.

Mientras disftrutábamos de los últimos 200m, un hidroavión volaba sobre nuestras cabezas buscando río donde amerizar.

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